Quememos nuestros libros… ya tenemos Internet


El jueves 19 de febrero de 2026 apareció, en el flujo imparable de artículos que nacen cada día en internet, un titular que llamó mi atención: «Quememos nuestros libros: el postureo de quienes tienen la biblioteca más grande». Publicado en El Mundo, gran diario español de orientación liberal de centro derecha, el artículo está firmado por Iñako Díaz-Guerra: periodista nacido en 1977, licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, jefe de la sección de Deportes del diario, cuya nota biográfica en la web precisa que “dedica bastante tiempo a escribir prólogos para libros escritos por otros, porque le da una horrible pereza escribir uno propio”.

El subtítulo deja clara la intención: «¿Por qué concedemos a los libros un estatus superior al resto de productos culturales? Si su respuesta no es “por puro postureo”, miente o se miente».

Si esas son las únicas opciones, según Don Iñako, debo confesar que he pasado la mayor parte de mi vida mintiéndome. Crecí rodeado de libros, aprendí a pensar, a sentir y a expresarme con ellos, y hice de mi oficio reunir el mayor número posible antes de dispersarlos entre otros postureadores como yo, probablemente igual de inconscientes.

Como ya habrán entendido, no soy un observador neutral. No acumulo libros para combinar una estantería con el color de la pared. Pero más que entrar en el debate sobre la supuesta pose de los amantes de los libros y propietarios de bibliotecas (sea cual sea su tamaño), es sobre todo la invitación a «quemar nuestros libros» lo que me ha llevado a reaccionar.

Una invitación así tiene, en efecto, algo ligeramente repugnante al leerla. Para el librero que soy, en el mundo actual — que a veces parece asumir (erróneamente, me apresuro a añadir) un futuro del que el libro habría desaparecido — ¡la llamada despreocupada a quemar los que quedan adquiere tintes de un ensañamiento casi sádico!

Entonces, ¿postureo y vanidad? Les dejo a ustedes la reflexión. ¡Sin cerillas!
publicado por  Julien a  18:09 | comentarios [2]


COMENTARIO BLOG


publicado por   SAPPHO
26 Feb 2026 a 01:01
Elogio del Objeto Infinito: Por qué no quemaremos nuestros libros
​"Te aseguro que alguien se acordará de nosotros en el futuro."
— Safo de Lesbos

​Frente a la propuesta de vaciar nuestras estanterías y reducir nuestra herencia cultural a la nada digital, recordamos que la memoria no es un ejercicio de "postureo", sino un acto de resistencia. El reciente artículo de Iñako Díaz-Guerra nos invita, bajo un barniz de pragmatismo minimalista, a desprendernos de nuestras bibliotecas personales. Es una provocación que, curiosamente, proviene de un profesional de la información, alguien cuyo criterio debería sustentarse, precisamente, en el respeto a las fuentes. Sugerir que una biblioteca es un decorado para el ego no es solo un error estético; es una negligencia intelectual que ignora la profundidad patrimonial, artística y de supervivencia que reside en el papel.
​El libro como obra de arte y legado histórico
​Reducir el libro a "información que ocupa espacio" es tan reduccionista como decir que un cuadro es solo tela y pigmento. Una biblioteca es, en esencia, una pinacoteca del pensamiento. Existen ejemplares que son objetos de culto por derecho propio: desde las encuadernaciones artesanales en piel y gofrados —verdaderas esculturas manuales— hasta ejemplares únicos que han trascendido siglos por su procedencia o por haber pertenecido a figuras que cambiaron el rumbo de la humanidad.
​Hoy, gracias a la labor titánica de bibliófilos, libreros anticuarios e instituciones como las Bibliotecas Nacionales, conservamos un legado que no es trofeo, sino modelo y ejemplo para la formación de futuros profesionales. No se guarda por vanidad; se guarda porque una primera edición es el testimonio notarial de cómo se fijó una idea en el mundo. Además, no podemos olvidar el renacimiento editorial actual, donde el diseño gráfico, la tipografía y la ilustración se funden en un trabajo multidisciplinar de creadores que aman la cultura. El libro actual es un objeto cuidado que dignifica el contenido que alberga.
​Los hombros de gigantes: Sin libros, seguiríamos en la caverna
​La humanidad no ha avanzado a golpe de impulsos de ocho segundos. Hemos salido de la oscuridad gracias a tratados que se enfriaron en papel para que otros pudieran encender su mente. ¿Cómo habrían avanzado la medicina, la astronomía o la política sin recurrir a las fuentes bibliográficas?
• ​Andrés Vesalio nos enseñó la arquitectura del cuerpo humano.
• ​Isaac Newton y Copérnico nos mostraron el orden del universo.
• ​Adam Smith, Platón, Maquiavelo o Kant construyeron la estructura ética y económica de nuestra sociedad.
​La imprenta de Gutenberg nació precisamente para democratizar este saber, para que no fuera patrimonio de unas élites cerradas. Despreciar el libro físico hoy es, en cierta medida, escupir sobre el mayor hito de libertad intelectual de nuestra historia.
​La dictadura de lo efímero frente a la solidez del papel
​Vivimos en la era de la "pincelada" estéril. Mientras las plataformas digitales nos bombardean con algoritmos de consumo rápido, donde el aprendizaje se fragmenta en 140 caracteres o vídeos de escasos segundos, el libro exige tiempo, silencio y criterio. Es alarmante que haya quienes se conformen con esa superficie, temerosos quizás de que un contenido profundo exponga su propia falta de criterio propio.
​Existe, además, una arrogancia peligrosa en la fe ciega en lo digital. La "nube" es vulnerable; depende de un enchufe, de servidores y de una estabilidad energética que damos por sentada. ¿Qué ocurriría con el saber humano si una caída energética global borrara nuestros datos y hubiéramos quemado los libros que son la fuente? El libro es el "disco duro" más fiable de la historia: no necesita baterías ni actualizaciones de software. Si hoy conocemos el pensamiento de los griegos o los manuscritos medievales, es porque alguien se negó a quemarlos.
​Conclusión: Un acto de gratitud y resistencia
​La quema de libros ha sido, históricamente, el deporte favorito de la ignorancia. Quien invita a deshacerse de ellos por "higiene estética" desprecia el vehículo que ha permitido el progreso de la especie. Debemos gratitud y respeto a quienes escriben, editan y preservan.
​No quemaremos nuestros libros. Los seguiremos guardando y consultando, porque en un mundo de posverdad y datos volátiles, la biblioteca personal es el último reducto de la memoria. Cuando las pantallas se apaguen, serán los libros los que sigan iluminando el camino de las nuevas generaciones. No es postureo; es supervivencia.


publicado por   JULIEN
13 Mar 2026 a 12:49
Querida "SAPPHO",

He leído tu texto con emoción. Gracias de corazón por esta contribución tan intensa, tan clara y tan generosa. Tu respuesta no solo defiende a los libros: ¡los habita! Y al hacerlo, recuerda algo esencial que a veces olvidamos en medio del ruido contemporáneo: que una biblioteca no es una acumulación de objetos, sino un lugar donde el tiempo sigue respirando.

Tu imagen de la biblioteca como pinacoteca del pensamiento me ha parecido particularmente hermosa. Quienes vivimos rodeados de libros antiguos sabemos bien que cada ejemplar lleva consigo algo más que un texto: lleva manos, miradas, decisiones, incluso silencios. Es exactamente esa cadena, de la que hablas con tanta sutileza, la que convierte una biblioteca en algo vivo.

También me ha conmovido tu defensa del libro como acto de gratitud hacia quienes nos precedieron. Has recordado con fuerza algo que a veces conviene repetir: que el progreso humano no se construyó a partir de impulsos efímeros, sino gracias a palabras fijadas con paciencia para que otros pudieran retomarlas. Vesalio, Newton, Copérnico, Platón… todos ellos escribieron para interlocutores que aún no existían.

Y, por supuesto, no podía faltar la voz de Safo.
"Te aseguro que alguien se acordará de nosotros en el futuro".
En cierto modo, ese verso resume perfectamente lo que es una biblioteca: un lugar donde alguien del pasado sigue hablándole a alguien que todavía no ha llegado.

Gracias, querida "SAPPHO", por haber traído esa voz al corazón de esta conversación. Tu texto es un verdadero elogio del libro y también de la memoria.

Con toda mi admiración y mi afecto.
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